Mí sacerdocio, el mundo digital, y Crónica Blanca
08 Julio 2010
Desde hace 44 años todos los 24 de enero, con ocasión de la Festividad de San Francisco de Sales, patrono de los comunicadores, el Santo Padre adelanta su mensaje de la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales, a celebrar en el domingo de la Ascensión del Señor, cuando manda a sus discípulos “id por el mundo entero y predicar el Evangelio a toda criatura” (Mc. 16, 15). Este mandato misionero es suficientemente elocuente para entender la estrecha unidad entre comunión eclesial, misión evangelizadora, y comunicación social, clave en el mensaje de Benedicto XVI de la jornada de este año, el de “el sacerdote y la pastoral en el mundo digital: los nuevos medios al servicio de la Palabra”, en plena celebración de un Año Sacerdotal.
A modo de resumen, éste podría ser el decálogo del sacerdote en el mundo digital:
1. Ver en los medios audiovisuales (foto, vídeo, animaciones, blogs, sitios web) ocasiones inéditas de diálogo e instrumentos útiles para la evangelización y la catequesis.
2. En constante fidelidad al mensaje del Evangelio, ser animadores de comunidades que se expresan cada vez más a través de las muchas voces surgidas en ese mundo digital.
3. Trasparentar, más que la mano de un simple usuario de los medios, su corazón de consagrado que da alma no sólo al compromiso pastoral que le es propio, sino al continuo flujo comunicativo de la “red”.
4. Mostrar a las personas de nuestro tiempo y a la humanidad desorientada de hoy que “Dios está cerca; que en Cristo todos nos pertenecemos mutuamente”
5. Allanar el camino a nuevos encuentros, asegurando siempre la calidad del contacto humano y la atención a las personas y a sus auténticas necesidades espirituales.
6. Ofrecer a quienes viven éste nuestro tiempo “digital” los signos necesarios para reconocer al Señor; darles la oportunidad de educarse para la espera y la esperanza, y de acercarse a la Palabra de Dios que salva y favorece el desarrollo humano integral.
7. Afirmar el derecho de ciudadanía de Dios en cada época, para que Él pueda avanzar a través de las nuevas formas de comunicación por las calles de las ciudades y detenerse ante los umbrales de las casas y de los corazones y decir de nuevo: “Estoy a la puerta llamando. Si alguien oye y me abre, entraré y cenaremos juntos” (Ap 3, 20).
8. Tener en cuenta a quienes no creen y desconfían, pero que llevan en el corazón los deseos de absoluto y de verdades perennes.
9. Valorar la dimensión universal de la Iglesia para una comunión amplia y concreta, en un campo pastoral como éste que no tiene fronteras.
10. Ser apasionados anunciadores de la Buena Noticia, también en la nueva ágora que han dado a luz los nuevos medios de comunicación.
Cuando hace 17 años, yo empecé a estudiar y a dedicarme al periodismo, empujado por dos buenos amigos que hoy son los arzobispos de Granada y de Pamplona, no sabía que la comunicación social iba a marcar tanto mi vocación y mi vida sacerdotal. Tampoco recuerdo haberme planteado, ni entonces ni nunca, hasta que punto los medios de comunicación eran instrumentos privilegiados, como ahora nos enseña el Papa, para la vida de la comunión y de la misión de los sacerdotes. Sólo sé que obedecí con entusiasta adhesión a lo que se me pedía y que, pasados tantos años, ya no me entendería fácilmente sin este mundo de la comunicación aunque un día tuviese que dejarlo. Aunque he dedicado tantos esfuerzos a ello, siempre se me quedó corta la idea de que debía usar los medios para evangelizar, y entendí el porqué cuando Juan Pablo II dijo que además de evangelizar a través de los medios, debíamos evangelizar el mundo y la cultura de los medios.
Cuanto más sacerdote he sido para los comunicadores, sobre todo para los jóvenes comunicadores a través de ese gran regalo de Dios que ha sido para mí la experiencia de Crónica Blanca, más seguro estoy de que ni siquiera este mundo tan complejo de la comunicación, con tantas espadas en alto, aflicciones y angustias, podrá jamás separarme del amor de Cristo. Porque la experiencia de la comunión vivida en esta frontera concreta de la vida de la Iglesia, con los pastores y los laicos que me acompañan, me ha enseñado que el verdadero sacerdocio, como el verdadero periodismo, requiere ser antes que hacer, humildad antes que empeño, servir antes que propagar, sembrar antes que recoger, e incluso, aunque parezca paradójico, acoger y compartir la presencia de Cristo, antes que proclamarlo por las azoteas, porque, a la postre, y sobre todo a través de los medios, sólo puede llegar al corazón de los hombres la palabra probada en el crisol de la vida.
Manuel María Bru Alonso

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