Las “cloacas” de la Iglesia
08 Julio 2010
Ya se encargaron tanto Péguy como Bernanos de recordarnos que Juana de Arco sufrió el martirio de la mano de los más prestigiosos teólogos de la Sorbona que la acusaron de hereje. No pocos mártires, hombres y mujeres que dieron su vida por no renegar de su fe católica, antes y después de Juana de Arco, fueron víctimas no de una persecución externa a la Iglesia, sino de una persecución interna. Y sin llegar al martirio son incontables los hombres y mujeres, hijos fieles de la Iglesia, que han llegado a amarla con pasión, aunque hayan sufrido en su seno la incomprensión, el rechazo, o lo que es peor, la burla y el abandono. Es más, que han llegado a amarla con autenticidad y gratuidad verdaderas, precisamente cuando la Iglesia les ha hecho sufrir. En realidad, seguramente ninguno de nosotros llegaremos a amar con pasión a la Iglesia, como un esposo ama a su esposa o una esposa a su esposo, hasta que no nos haya hecho llorar, nos haya desconcertado por la actitud de alguno o de muchos de sus hijos o de sus instituciones, nos haya hecho, como oí decir hace poco a un buen obispo, tocar con mano “las cloacas de la Iglesia”. Hace dos meses, en su reciente viaje a Portugal, dijo Benedicto XVI que los ataques que sufre la Iglesia “no sólo vienen de fuera, sino que los sufrimientos de la Iglesia proceden precisamente de dentro de la Iglesia, del pecado que hay en la Iglesia (…) que la mayor persecución de la Iglesia no procede de los enemigos externos, sino que nace del pecado en la Iglesia”. Y esta misma semana, con ocasión de la celebración de San Pedro y San Pablo, decía el Papa que “el mayor daño que sufre la Iglesia no está fuera de ella misma, sino en la secularización interna que agosta la vida cristiana de sus miembros y de sus comunidades, debilitando su capacidad de profecía y testimonio, y empañando la belleza de su rostro”. La secularización no entra en la Iglesia sólo sofocando la fe de sus miembros, sino también confundiéndola: las divisiones en su seno debilitan su comunión y contradicen la fe en la unidad de Dios; el relativismo moral favorece la esquizofrenia vital de no pocos cristianos, que se rigen con criterios humanos y morales diferentes en la comunidad cristiana y en la familia que en el trabajo o en los círculos de amistad, confundiendo así la fe en la unidad de vida de la propuesta cristiana, capaz de penetrar e iluminar hasta el último rincón de la realidad humana y social. Y en general, cuando personas e instituciones de Iglesia reniegan de la transparencia y sencillez del evangelio, para adentrarse en los cálculos del poder, para quines el fin justifica los medios, antes que el anti-testimonio aparecen su infecundidad, porque ya no cuentan con el auxilio de la providencia divina, sino que quedan arrojados a la suerte del sin-Dios de sus planes.![]()

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