Cuando el sacerdote dimite de su ministerio
06 Julio 2010
Articulo del sacerdote y escritor conquense Roberto Esteban Duque al hilo de la homilía del Papa Benedicto XVI en las ordenaciones sacerdotales del domingo 20 de junio en Roma
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Si no lo hago así, viviré en lo más parecido al Infierno, un estado, según C. S. Lewis, “en el que todo el mundo está perpetuamente pendiente de su propia dignidad y de su propio enaltecimiento, en el que todos se sienten agraviados, y en el que todos viven las pasiones mortalmente serias que son la envidia, la presunción y el resentimiento”. Dejemos mejor que lo diga el Papa:
“Quien quiera sobre todo realizar una ambición propia, alcanzar éxito propio, será siempre esclavo de sí mismo y de la opinión pública. Para ser considerado deberá adular; deberá decir aquello que agrada a la gente; deberá adaptarse al cambio de las modas y de las opiniones y, así, se privará de la relación vital con la verdad, reduciéndose a condenar mañana aquello que había alabado hoy. Un hombre que imposta así su vida, un sacerdote que vea en estos términos el propio ministerio, no ama verdaderamente a Dios y a los otros, sino sólo a sí mismo y, paradójicamente, termina por perderse a sí mismo”.
En mis casi veinte años de sacerdocio, he notado con una brusquedad de espanto, las preferencias de los hombres, aquello a lo que dan una intolerable importancia, capaz de crear divisiones difíciles de recomponer en la urgencia del amor. Este conocimiento no proviene sólo del exterior, sino de mi propio corazón, del lento aprendizaje de la textura de mi alma: “mi corazón – no necesito el de otro – me mostró la maldad de los impíos”, sentenció el gran Lewis. He podido constatar que la Iglesia deja de ser un lugar de encuentro con Cristo entre gentes dispares cuando el hombre no trasciende las pertenencias y adscripciones a determinados sectores de la vida pública. El hombre de la calle, el hombre con el que Cristo nos lleva a encontrarnos, tiene sus opiniones que eleva a una categoría dogmática, enfrentándose así sin pudor, de un modo cainita, sin disponerse previamente a querer la verdad. No hay altura sin normas a que nuestros prójimos puedan y deban recurrir. No hay negociación posible ni vale hablar de ideas cuando no se admite lo incondicional y valioso, lo dado en la misma Creación. La Iglesia no puede dimitir de anunciar la verdad.
La demagogia y el lenguaje de lo políticamente correcto son ajenos a la vida de Jesús y corrompen el anuncio del Evangelio. No hay cultura donde las polémicas sobre ideas no reconozcan lo que no está a disposición del hombre, la fuerza creadora del don de Dios, de su vida y de su amor. Existen cuestiones vinculantes que no deberían crear problemas al sacerdote en el momento de anunciar el Evangelio. En demasiadas ocasiones, se da una inaceptable prioridad al propio bienestar personal en detrimento de la verdad que nos hace libres. El sacerdote dimite de su ministerio si no anuncia el Evangelio en su integridad, si lo rebaja utilizando el lenguaje de la complacencia, del aplauso y de la popularidad. El sacerdote rechazará abiertamente el aborto y la eutanasia, defenderá el matrimonio monógamo y heterosexual, proclamará la soberanía de los padres en la educación de sus hijos, así como la libertad religiosa y la denuncia del pecado, anunciando el Amor por la vía del testimonio. Lo primero no es el interés personal o el cálculo de unos beneficios, sino la causa de la verdad de Cristo, hasta jugarse la vida en su nombre, llevando la cruz en la búsqueda y actualización de la comunión. No podemos olvidar que el gran éxito de Cristo se da a través del fracaso de la Cruz, de la entrega libre por amor.
En su homilía a los nuevos sacerdotes, el Papa Benedicto XVI nos invita a considerar a todos los cristianos que la felicidad de los hombres es una felicidad fundada sobre la negación de sí mismo – “el que pierda su vida por mi causa, la salvará” – y sobre el dolor - al que quiera gustar el don de Dios se le va a preguntar si está dispuesto a beber el cáliz que el Siervo bebió -; una felicidad que consiste en ver el rostro de Cristo detrás de toda eventualidad, abrazando el misterio de la cruz en la receptividad del don de Dios, en un vivir en Su amor en medio de la “noche oscura”, de la que hablaba san Juan de la Cruz, en el tender a Dios absolutamente hasta tenerlo por completo en el contemplar, puesto que “la contemplación no descansa hasta que encuentra el objeto de su ceguera”, según dictum formidable de Konrad Weis.

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